Es domingo y hace un día
de esos que tienes que coger abanico, pañuelo y paraguas. Nubes grises y negras
amenazan a los pocos transeúntes que osan salir a tomarse la cervecita del
mediodía. Yo soy de las valientes y paraguas en mano pongo rumbo a La Divina
dónde espero sucumbir a los deleites de unos choricitos a la sidra con un
vermut de la casa. Por el camino, gritos y risas de niños le dan color a la
mañana.
Llego a mi destino y allí me esperan mi hermano y mi cuñada que ya se han apoderado de una de las cotizadas mesas de la terraza. Aunque el servicio no es, ni muy rápido ni muy simpático, La Divina es uno de nuestros lugares favoritos y hoy estamos de suerte porque el camarero nos ha servido con una media sonrisa. Pienso que eso es una buena señal y que hoy será un gran día.
Después de unas pocas tapas y un par de vermuts ponemos fin a nuestro encuentro semanal y cada uno se retira por donde vino. Ellos cogidos de la mano hacia arriba y yo sumida en mis pensamientos hacia abajo. A lo lejos se ilumina el cielo con un relámpago mientras que al otro lado se abre un cielo azul intenso que deja atisbar algunos rayos de sol. Sinsentidos de primavera.
Estoy animada y no tengo muchos planes. Decido sustituir el rato de siesta para visitar a Bella. Bella lleva algún tiempo viviendo fuera. La visito muchas veces y pasamos grandes ratos recordando buenos momentos. Han sido muchos durante estos años. Bella ha sido una mujer aventurera que ha vivido como ha querido. Ha sido feliz y ha hecho feliz a los que estábamos a su alrededor. Vive a 15 minutos de mi casa así que en un momento me planto allí.
Toco el timbre y me recibe Marisol.
-Hola Elena!
-Hola Marisol! ¿Qué tal Bella? ¿Puedo pasar a visitarla?
-Claro! Está descansando en el salón. Sígueme!







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